Una vez escuché decir que en la casa se educa y en la escuela se instruye.
Creo que la escuela, así como tantas otras instituciones de nuestras sociedades, no pueden cumplir ambos roles.
Todo aquello que no se ha hecho en la casa, en la familia, entre esas paredes que suelen llamarse "hogar", no se puede cumplir en otro ámbito.
La casa es donde está la familia y si no está la familia debería haber alguien que cumpla ese rol. Siempre debe haber alguien que cumpla el rol contenedor y de afectos que sólo puede provenir de la familia.
En nuestras sociedades la familia ya no existe como tal.
Los tiempos han cambiado y ya nada es igual.
No estoy diciendo que está mal o bien.
Simplemente que los tiempos han cambiado.
Pero el sistema en el cual un niño o niña deben crecer no ha cambiado.
Quizás debo aclarar que estoy manifestando este pensamiento basándome en el país en el que vivo: Argentina.
Hoy se habla de bajar la edad de imputabilidad para poder procesar a menores que cometen delitos.
Una vez más, se empieza por el fin.
Si la atención y la política estuvieran dirigidas a brindar una buena base instructiva con capacitación permanente y constante a los menores, creo que no deberíamos preocuparnos por la creciente ola delcitiva en la que participan menores.
Algo está mal. Muy mal.
Los chicos están solos. No hay nadie en casa que los pueda contener.
Tampoco van a la escuela. Se ha evidenciado en los últimos años una alarmante deserción en el nivel secundario como nunca antes.
Es decir, no sólo están solos, sino en situación de abandono total. Entonces somos testigos de este caos generalizado que se apodera de las calles.
Estos errores se pagarán muy caro. De hecho es lo que está ocurriendo.
Sé que designar un aumento presupuestario para las escuelas no es una medida que asegure futuros votos y votantes.
Al menos eso ocurre con las economías de nuestra región sudamericana.
No sería una medida popular o populista permitir el acceso a la instrucción pública con escuelas en exelente estado de conservación, con ámbitos que seduzcan a los niños y niñas, adolescentes y adultos que concurren a completar su período de instrucción.
Acá es todo al revés.
Una vez más, la culpa es nuestra, sólo nuestra.
Por lo tanto creo que, la próxima vez que escuchemos o leamos sobre el deterioro y decadencia de nuestras sociedades, pensemos en todo lo que no se ha hecho en el debido tiempo.
Pensemos en todos los errores incurridos una y otra vez.
Pensemos en nuestros gobernantes que algún día serán demandados por la justicia divina. La única.
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